El pueblo autoconvocado ya
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Carlos Aznárez publicado en GARA el 31 de diciembre de 2001.
Carlos AZNAREZ DIRECTOR DE «RESUMEN
LATINOAMERICANO»
El pueblo
autoconvocado ya
Parece que los gobernantes argentinos no quieren darse cuenta de la magnitud de lo que allí está ocurriendo. De lo contrario no serían tan torpes de pretender apagar el incendio con litros de gasolina. ¿Qué otra cosa significó entonces, nombrar en el gabinete surgido como consecuencia del levantamiento popular del 19 y 20 de diciembre pasado, a un funcionario como Carlos Grosso, que durante la época de Carlos Menem acumuló 38 prontuarios judiciales por corrupción al frente de la alcaldía de Buenos Aires? Y no era el único, por supuesto, que consiguió enervar por segunda vez en una semana a una pluralidad inmensa de clases sociales como hace mucho que no se veía en el país.
Lo que pasa es que los politiqueros que tomaron el testigo ante la huída de Fernando de la Rúa no escuchan el rugido que viene desde las calles, cuando la multitud entona, una y otra vez: «Sin peronistas ni radicales, vamos a vivir mejor». Si por un minuto se pararan a recapacitar la importancia de este himno bullicioso se darían cuenta que se acabó abruptamente el bipartidismo nefasto que por lo menos desde la denominada «vuelta de la democracia» viene traicionando las expectativas de los argentinos. Y es así porque los radicales y los peronistas de la actualidad poco tienen que ver con el origen popular y rebelde que definieron alguna vez sus fundadores.
Este es un fenómeno que se está dando en toda Latinoamérica, donde los partidos tradicionales comienzan a ser repudiados masivamente, en las urnas a través del voto negativo, y en la calle con la bronca expresada contra todos aquellos que suman politiquería más corrupción.
El pueblo argentino reclama a gritos cambios profundos y repudia los engaños. Cuando dice que no quiere «a ninguno de los que hoy están» (así rezaba una pancarta el viernes pasado en Plaza de Mayo) está dando pautas muy claras en ese sentido. «Ninguno» que no apueste decididamente por dejar de pagar en serio la deuda externa (no como Rodríguez Saá que juró hacerlo y sin embargo esta misma semana abonó intereses al FMI por 17 millones de dólares y renovó un vencimiento de Letras del Tesoro por 450 millones de dólares). «Ninguno» que no haya cumplido la palabra de poner en libertad a los detenidos del último estallido y desprocesar a más de 2400 militantes sociales. Todo lo contrario, han vuelto a hacer girar la rueda represiva, golpeando, torturando y matando jóvenes. Han azuzado contra la gente a lo peor de la prepotencia policial, tantas veces denunciadas por los grupos de derechos humanos.
Para ejemplo está lo ocurrido este sábado cuando cuatro chicos entraron a un bar del barrio porteño de Floresta. Allí, desde un aparato televisivo se daba información sobre el «cacerolazo» popular que se estaba realizando en Plaza de Mayo. En un momento se ve la escena de unos adolescentes peleando cuerpo a cuerpo con un policía, lo que llevó a que uno de los recién llegados festejara a viva voz la situación. Esto bastó para que un ex policía que estaba en el local reaccionara rabiosamente, extrajera su pistola y matara tiro a tiro a tres chicos, mientras el cuarto se salvó porque logró esconderse bajo una mesa. Si esto no fuera suficiente, el agresor sacó los cuerpos a la calle, ante la mirada aterrorizada de los parroquianos, y a uno de los muertos le colocó un cuchillo cerca de su mano para luego simular «resistencia a la autoridad». Pocas horas después varios miles de vecinos marchaban gritando «maldita puta policía» e intentaban incendiar la comisaría donde sus colegas daban refugio al asesino.
Esto es lo nuevo de lo que el Presidente ni su entorno quiere enterarse: antes podían ocurrir miles de hechos tan bárbaros como el relatado (las llamadas víctimas del «gatillo fácil») y la mayoría de la población retrocedía frente al terror que provocaban. Pero ahora la cosa es distinta. Han desafiado de tal manera la cólera popular que se han roto las barreras y se ha perdido el miedo a la opresión y a la represión. Los chicos que salen a la calle hoy, se autoconvocan en los barrios, apelan al boca a boca y en algunos casos a las redes alternativas de radios libres o de Internet. No creen en los cantos de sirena de falsos líderes (precisamente porque son falsos y no referentes reales, sólo respetan a las Madres de Plaza de Mayo, porque las encuentran en la lucha, codo a codo con ellos) y cuando enfrentan decididamente a esa «maldita policía», formada por agentes con juicios por torturas, o por comisarios vinculados al narcotráfico y a la trata de blancas, saben que se están jugando la vida. Pero peor es la sumisión.
Para esta noche, 31 de diciembre a las 12, el pueblo ya ha convocado otra gran respuesta. Esta vez se reemplazarán los tradicionales petardos por un cacerolazo generalizado. Será estruendoso, a no dudarlo, como lo son las ganas de romper de una buena vez las ataduras que los yanquis han anudado por toda Latinoamérica. *